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Acerca de la violencia en Mérida

Foto referencial El Universal

Freddy A. Crespo P.

El martes 23 de mayo, como todos los martes, me propuse asistir a la jornada de trabajo.

Tenía pendiente para ese día una defensa de tesis de grado de pregrado, consultas con tesistas y algunos estudiantes con dudas sobre lo que hemos ido discutiendo vía digital, ya que ha sido imposible, durante semanas, nuestra asistencia a las clases, pues el acceso está restringido a la zona donde se ubica la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la ULA.

Cuando subía por la Avenida Las Américas, el autobús en el que iba se detuvo frente al Centro Comercial Canta Claro. Hasta allí llegaba la ruta, pues a poco más de una cuadra había una barricada obstaculizando el paso en los canales de subida y bajada. Varios pasajeros decidimos seguir caminando por la avenida y tratar de pasar la barricada. Primero tuvimos que saltar ramas de árboles en el piso, luego levantar varios alambres de púa que se extendían de punta a punta en la calzada. Así, mientras unos levantaban el alambre, otros pasábamos y sosteníamos el alambre para que pasarán los demás.

Unas diez personas sorteamos estos obstáculos y seguimos camino arriba. Cuando estábamos a unos veinte metros de otra barricada más grande, un grupo, algunos encapuchados otros no, se nos acercó con actitud bastante hostil. Una señora a mí lado propuso decirles que nos dejen pasar. Pero los encapuchados arremetieron contra nosotros disparándonos morteros directamente al cuerpo. Sí, así mismo como los Guardia Nacionales disparan bombas lacrimógenas al cuerpo de los manifestantes, estos criminales nos dispararon directo al cuerpo.

Uno de los morteros golpeó en la pierna a un señor de unos cincuenta años que iba delante de mí y explotó en mis pies. El ruido fue por demás ensordecedor. Los que caminábamos nos dispersamos sin mayor éxito, porque encapuchados y no, nos rodearon gritándonos que por allí no había paso, que era la lucha y la resistencia por la libertad, que hasta que Maduro no cayera ellos no cedían. No nos dieron tiempo de nada. No hubo posibilidad de mediar, de hablar, de ser escuchados. A empujones nos hicieron devolver por donde habíamos caminado. Y mientras nos pedían dinero, uno de ellos nos gritaba: Ojalá se corten la cabeza intentando pasar de nuevo. Y otros decían: estos seguro son chavistas.

Todos nos devolvimos. No había más opción. La señora que pensaba hablar, iba llorando. El señor que se le quemó el pantalón con el impacto del mortero, sudaba, pese al frio, e iba muy tenso. Sentí una gran impotencia. Como yo, muchos o casi todos lo que íbamos allí, íbamos a nuestros trabajos, a nuestras casas, a seguir con sus vidas.

Y mi impotencia aumentó, cuando después de sortear mil obstáculos más, pude al fin llegar a la facultad: estaba literalmente desierta. No había un solo carro en el estacionamiento de empleados y profesores. Los vigilantes dormían. La escuela de Criminología, a donde me dirigía, estaba cerrada con llave.

Me senté en las escaleras, afuera de la única escuela de Criminología que existe en el país y en Sur América, de la misma que vio nacer importantes teorías de la Criminología y el Derecho Penal venezolano, en cuyos pasillos se pensaron, propusieron y discutieron las teorías situacionales del delito, el uso progresivo de la fuerza en funcionarios policiales, en cuyas aulas alguna vez Lolita Aniyar de Castro soñó impartir una materia; de cuyas aulas salieron destacados criminólogos que hacen vida en la política venezolana, y no me refiero solo a El Aissami, pues hay muchos ubicados en posiciones estratégicas de ambos lados, que igualmente no hacen mucho por su y de su profesión.

Allí, mientras recuperaba aire, reflexionaba sobre lo acaba de pasar, sobre todo el contexto que tenía ante mis ojos: una universidad cerrada en la práctica, víctima de los atropellos desvergonzados de quienes alegando una lucha digna por la libertad, estaban castrando el derecho a la ciudad y a esta, su ciudadanía. Una escuela cerrada, ante la inminente y creciente violencia que se vive y ha vivido en el país, pero sometida a una dirigencia ignorante sobre estos temas, cuyos planteamientos están más relacionados con sostenerse en un cargo por una prima económica miserable y un aliciente al ego, que en buscar dar respuesta y planteamientos a la coyuntura que se vive; la cual, en mi corta e inexperta experiencia (para algunos), además de mi extensa ignorancia (para mí), es la de mayor gravedad y violencia que ha vivido el país en las últimas décadas, necesitando en consecuencia, investigación, pronunciamiento, reflexión y propuestas para prevenir la magnitud de la catástrofe social que será consecuencia de la coyuntura actual.

Acá ya no hablamos de cifras de muertos. De las consecuencias perversas del niño que mata por dinero o por gusto. Acá hablamos de la negación del Estado mismo, en la responsabilidad del gobierno municipal y regional, pues en ningún momento he visto o escuchado al alcalde del municipio Libertador, Carlos García, condenando esta conducta de colocar barricadas, cerrar calles y además amenazar, robar y golpear a quienes intentan mediar o pasar por allí. Seguro, luego de estas líneas el alcalde me tildará de chavista como ya en otras oportunidades lo ha hecho. Pero como académico me baso en lo que veo e interpreto a la luz de lo que leo y pienso. Y es innegable su cuota de responsabilidad en la permisividad de estas acciones.

Lo mismo ocurre con el gobernador Alexis Ramírez, quien no solo permite estas acciones, sino que ni siquiera hace el mínimo intento de coordinar su control o prevención. Ambos son el ejemplo de lo que ocurre en el país: posiciones encontradas sin margen para la tolerancia del otro, interactuando en una dinámica siniestra en la que cada uno cuida su posición y vela por sus intereses, mientras los merideños caminan, son hurtados, robados, matraqueados, insultados y tantas otras cosas más.

¿Acaso no merecemos los merideños la ciudad de altura que nos prometieron y que se enarbola en eslogan bellos que repiten en redes sociales? ¿Es que la lucha por la libertad implica anarquía y desconocimiento del otro, de ese que tiene una forma de luchar diferente? ¿Acaso la historia registró a Bolívar asesinando campesinos o indígenas por no unirse a su causa? Por supuesto que merecemos más. Y no lo vamos a lograr con políticos de pacotilla que lejos de ser gestores de una administración pública eficiente, viven en una campaña perenne en busca del carguito a futuro, porque ni sus profesiones o intelectos, parece darles para más.

La invitación a los merideños es a no esperar resultados de quien no le interesa proporcionarlos. Es a buscar nuestros propios resultados. A buscar nuestra propia lucha por un país mejor, en el que todos estemos incluidos, en el que la universidad no sea una estructura abierta pero sola, sino produciendo conocimiento, armando profesión y enseñando ciudadanía a sus estudiantes, mostrándoles que la únicas cadenas de la opresión por las que deben luchar para liberarse, son de las cadenas de la ignorancia, de la no formación y de la intolerancia.

Al final de la tarde no se hizo la defensa, no atendí tesista alguno. Nadie pudo llegar. Cada uno desde su posición y en su zona, estaba bloqueado por la lucha por la libertad. En el largo viaje a casa, me entero por otros pasajeros que lo que experimenté no solo me pasó a mí, sino a muchos otros, de la misma manera y hasta con mayor violencia. En la noche me entero que la Universidad de Buenas Aires me publicó una investigación sobre violencia. La publicación número 33 en once años. ¡Vaya forma de luchar! pensé. Aunque a mi manera. Y aunque la misma no lleve a la libertad de nadie, lo importante, quizá, es que es una lucha emprendida sin menospreciar ni vulnerar a otros. Porque la lucha sin conocimientos es una vulgar alusión a la violencia.
* Más que criminólogo, profesor de la ULA, merideño afectado, que ama a Mérida.