Portada / OPINION / ¿Cuál crisis humanitaria? La del niño expropiado y amputado

¿Cuál crisis humanitaria? La del niño expropiado y amputado

Carlos Meléndez Pereira

En un ruta chivo viaja la resignación, son imágenes de vidas agónicas. La del hombre que se aferra a las barandas y a su desgracia. Manos ásperas de trabajo duro, y aspecto famélico. De ojos amarillentos, y piel cansada. Es la mujer que insiste en la educación de su hijo, sin recordar propósitos, esta vez, sólo para que el niño pueda olvidar la pesadilla de anoche. Olvidar ese episodio en el que francisco -su amiguito- fue torturado por los vecinos delincuentes del barrio innombrable quienes, ante la negación de su madre de salirse del apartamento que le fue asignado, le amputaron los dedos, y luego la pierna. Lo masacraron, lo condenaron a vivir en el eterno retorno de la situación más cruenta que ser humano pueda sentir.

La proyección más frívola del miedo. No es ficción, no es África y sus espantos; es Barquisimeto, ciudad emocionalmente trasgredida, de llanto y hambre, que La Divina Pastora sufre con profundidad. Esos padres, mientras olvidan que ahora viajan como animales, se miran a los ojos, y entre frenos bruscos, contienen el pánico que ahoga sus almas. Es la segunda vez que reciben el mismo aviso que hace dos semanas recibió la mamá de Francisco. Definitivamente no pueden esperar, no se trata de una simple amenaza. Y se preguntan cómo migramos, si ni siquiera nos alcanza el efectivo para pagar el pasaje de la tarde, en la vuelta hacia la vivienda que sin duda alguna deberán abandonar.

El Estado se ha pulverizado, el crimen organizado ha sustituido sus funciones. Expropia, expulsa, controla, cobra vacuna. Gobierna de la forma como el presidente lo hace. Con sus propias normas y arreglos; “como le da la gana” su estado de excepción. Así deciden sobre la vida de territorios enteros. Las condiciones contextuales para la reproducción del delito se afianzan entre la reinstitucionalización criminal, desigualdades socioeconómicas, pobreza, masificación de armas, ocio infantil y consumo de drogas. Además de ello, la mortalidad crece por desnutrición. Niños dormidos eternamente muestran el desgarre de la sociedad venezolana. Del país que de estar obnubilado por la mentira populista hoy entierra y despide a sus hijos, padres, hermanas y a sí mismo.

Durante 2017 la policía asesinó aproximadamente a 5.535 personas, es decir, 15 cada día (Informe OVV,2017). Jóvenes entre 15 y 24 años en su mayoría. Una porción importante creció en el crimen, y por ende se hizo capaz de arrancarle la cabeza, las manos, las piernas a cualquier ser humano.

Pero el alto índice de muertes por resistencia a la autoridad no soluciona nada, además de violar DDHH, el gobierno se equivoca porque a los entierros de esos jóvenes acuden los nuevos vengadores. Los que tuvieron como primer deseo ser funcionario del CICPC para matar con permiso, pero que ahora cambian de decisión y los prefieren de socios.

La competencia delictiva entre cuerpos de seguridad del Estado puede ser más peligrosa que el de las propias bandas. Es un ciclo que nubla a toda la ciudadanía, quienes todavía no logran comprender el verdadero origen del problema, porque escuchan a diario un discurso de inocencia cómplice, que les derrumba las explicaciones que su razón puede aspirar. A sus puertas no toca el mensaje de la esperanza, ni El Impulso, ni El Informador. Tampoco el político opositor, sólo el vecino que en momentos también se cansa y resigna. La esperanza que el gobierno le vende se ha convertido en una caja de comida, que llega en elecciones, y que según la radio deberán agradecer, porque es el triunfo del carné que guardan en sus bolsillos: el fusil ante la guerra económica.

La respuesta que hasta ahora hemos visto, nos deja con la sensación que más allá del interés político por vencer la tragedia, se trata de una misma lógica en torno a la preservación del poder. La violencia ha sido secundada por este gobierno, porque de ella se alimenta.

Desde narrativas de guerra ha formado un ejército de pandillas, que sirven en todo momento. Para anular la protesta, asesinar insurgentes, proteger las campañas electorales, asegurar el voto, vender una imagen de falsa solidaridad con la pobreza, con el barrio, con la clase desposeída. Cuando en realidad esa misma clase de lo que más carece es de un Estado que garantice su vida. A esas pandillas le entregó cárceles, barrios, armas, motos, un tabulador para comprar libertad con los jueces y oportunidades para el negocio de la droga. Su manera de generar la sensación de control es dando de baja a grupos enteros de criminales, que en segundos obtienen sustitutos. Una espiral que mantiene a nuestra sociedad aterrorizada y a un gobierno sostenido en la vulnerabilidad de sus gobernados.

Se imaginan qué será del futuro de ese niño amputado. Quién le puede dar una palabra de aliento. Deberá comenzar con una nueva vida de discapacidad. Esa que fue ocasionada por criminales que el gobierno en un momento llamó bien-landros, e hizo hijos de la revolución.

El derecho internacional, y las instituciones multilaterales deben cambiar los indicadores que hasta el momento utilizan para analizar los niveles de crisis. Si bien, la idea del bienestar debe deseuropeizarse la de los criterios para proporcionar ayuda humanitaria debe desafricanizarse. Venezuela necesita de la ayuda del mundo. Su tragedia es única, como los son todas las sociedades.