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El crimen y la política: en Venezuela todos matan

El Estímulo

PEDRO PABLO PEÑALOZA @pppenaloza
El oficialismo repite incesantemente que la oposición “busca un muerto”. Como si ya no hubiera demasiados. En abril de 2013, el Ministerio Púbico registró siete caídos en las protestas por el resultado de la elección que llevó a Nicolás Maduro a la Presidencia de la República. Un año más tarde la cifra subió a 43 fallecidos, en el marco de las movilizaciones que exigían la salida del presidente Maduro de Miraflores. Y desde principios de abril ya son 44 las víctimas fatales en esta nueva ola de manifestaciones. En total, 94 vidas segadas por la violencia política solo en este periodo.

Pese a la sangrienta evidencia, los voceros del régimen chavista insisten. “Ellos —la oposición— necesitan un muerto cada cierta periodicidad para mantener la violencia, para mantener a su gente en la calle movilizados, indignados porque ellos mismos lo mataron (…) para qué nosotros requerimos a los muertos, son ellos los que están intentándolo por las vías más locas de este mundo”, sentenció el primer vicepresidente del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), Diosdado Cabello, el miércoles 10 de mayo.

En contravía de lo que asoma el Gobierno, la pregunta podría ser distinta: ¿el asesinato de compatriotas producto de la tensión política que azota al país, dejó de tocar la fibra de los venezolanos? ¿La mayoría se ha acostumbrado a convivir con la violencia?

“La violencia se ha convertido en un hecho cotidiano en el país desde hace casi dos décadas. Distintos organismos internacionales, entre ellos Human Rights Watch, tal vez el de mayor prestigio, califican a Venezuela como el país más violento de América Latina y uno de los más violentos del mundo. El Observatorio Venezolano de Violencia (OVV) proyecta para 2017 un número de muertes violentas cercano a los 30.000”, expone el sociólogo Trino Márquez.

El último balance del OVV para 2016 arrojó cifras escalofriantes: 28.479 asesinatos —incluidos 5.281 por resistencia a la autoridad— para una tasa de 91,8 por cada 100 mil habitantes en el territorio nacional. El parte oficial no es más alentador. En su informe de gestión, la fiscal Luisa Ortega Díaz ofreció unas estadísticas menores pero igualmente alarmantes: 21.752 homicidios —con 4.667 perpetrados por funcionarios policiales— para una tasa de 70,1 por cada 100 mil habitantes.“Conviene destacar que de las cifras de homicidios, 12.069 víctimas fueron jóvenes con edades comprendidas entre 15 y 30 años, un trágico saldo que atenta contra nuestra generación de relevo (…) Asimismo, 86,6% de los homicidios dolosos ocurridos en el país han sido causados por armas de fuego”, subrayó Ortega Díaz, el mismo día que denunció la ruptura del orden constitucional a manos del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ).

Para tener una referencia sobre el avance de la violencia en el país, basta con revisar los números divulgados por la propia jefa del Ministerio Público, cuyo cómputo para 2015 terminó con 17.778 homicidios para una tasa de 58,1 por cada 100 mil habitantes. Es decir, que a pesar de las políticas de seguridad desplegadas por Maduro, con la Operación para la Liberación del Pueblo (OLP) como su propuesta estrella, la cantidad de asesinatos oficialmente admitidos se incrementó en 3.974 en un año.

“A esta violencia, que podría calificarse de ‘estructural’ porque está conectada con factores muy profundos de la sociedad, se une la violencia política. El régimen construido por Hugo Chávez y Nicolás Maduro se edificó con el propósito de eternizarse en el poder. Cada vez que la gente sale masivamente a protestar, los organismos de seguridad del Estado y los grupos paramilitares —mal llamados “colectivos”— actúan con saña contra los manifestantes”, subraya Márquez.

El director académico de la ONG Cedice recalca: “La violencia y los asesinatos no disminuirán porque los jerarcas del régimen están decididos a mantenerse en el poder, utilizando la represión, única política que están aplicando, a pesar del grado de impopularidad y aislamiento internacional en que se encuentran. Los regímenes totalitarios de tipo comunista o fascista, el de Maduro combina los dos aspectos, sobreviven gracias a la violencia. Es la única manera de eternizarse”.

“En algunos casos, como el de Cuba, la dominación política es soterrada, institucional, está metida en los huesos de la gente porque predomina el espionaje. En el caso venezolano, donde la burocracia estatal no ha logrado exterminar a la oposición, la violencia política y la coerción se ejercen frecuentemente de manera abierta, a través de los órganos de seguridad y de los grupos irregulares, siempre tras el objetivo de hacerla rutina e institucionalizarla para que la gente se acostumbre a vivir con la violencia estructural y con la violencia política”, advierte Márquez.

Con terror

Antes de evaluar la reacción, la profesora Yorelis Acosta analiza la situación de “casi guerra o conflicto” que enfrenta el venezolano y cómo esto perjudica su ánimo. “Está comprobado que vivir en un ambiente de miedo y terror, de violencia con altos índices de problemas económicos, tiene efectos psicosociales en las personas. Vivir en estos contextos produce daño psicosocial”, señala la psicóloga clínico y social.

“El daño psicosocial se refiere a los daños producidos por las diferentes formas de violencia, infligidas de manera planificada y sistemática a determinados sectores de la sociedad”, explica Acosta, quien menciona algunas de las estrategias que se ejecutan para alcanzar ese fin: “Tortura, uso del miedo y de los medios de comunicación para crear escenarios de guerra psicológica, desapariciones, y en nuestro caso, la franca violación de la Constitución, detenciones arbitrarias, criminalización de la protesta, represión, construcción de estructuras paralelas de poder —juicios militares a civiles— que sostienen el gobierno y sus decisiones, y dividir a la sociedad en patriotas y apátridas”.

Los venezolanos tratan de resistir en medio del caos, del crimen. Leer la primera página de un diario —no censurado, por supuesto— es asomarse al abismo. Violencia criminal. Escasez de alimentos y medicinas. Un índice inflacionario asfixiante. Protestas y saqueos. El quiebre del sistema de justicia y el auge de los linchamientos. Todo aderezado con un discurso político agresivo, que habla de odio, guerras y enemigos.

“A eso nos enfrentamos cuando salimos a la calle y esperamos no ser parte de las estadísticas negativas, algunos pacientes lo han llamado ‘el temor a que me maten’”, indica Acosta, luego de apuntar que ese daño psicosocial puede traducirse en “desesperanza, sensación de amenaza constante, sensación de extremo riesgo vital casi inevitable, deterioro psicológico y físico, alta incertidumbre, disfunciones familiares, sensación de mínima posibilidad de acción del individuo y la pérdida de calidad de vida de miles de personas”.

La investigadora enfatiza que “vivir por largos periodos de tiempo en este contexto, puede potenciar los trastornos psicológicos” y llevar a los ciudadanos a “ajustar nuestro comportamiento, sin reconocer el dolor y la tragedia, naturalizando la situación”, hasta llegar al extremo de considerar como un hecho “normal” los cientos de cadáveres que se acumulan todos los fines de semana en las morgues del país.

Acosta afirma que ese “sufrimiento social por la sobreexposición a la violencia y la crisis” ha provocado en el país “un aumento de las solicitudes de ayuda en los servicios psicológicos. Algunos no aguantan y atentan contra su vida. Las cifras de suicidios han subido drásticamente este año”.