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Las excusas del Estado violador y la culpa del país violado

Revista SIC

por Carlos Alberto Meléndez Pereira

En la sociedad venezolana exasperan percepciones, comportamientos y acciones que dan cuenta de parte del resultado de la intencionalidad polarizante de los últimos años. Zombis virtuales comiéndose las tripas entre sí mismos, para drenar rabias ante la frustración que genera vivir en la oscuridad. Donde no hay respuestas al delito, donde existe un estado de anomia que reproduce desorientación y descontrol de los criterios básicos de relaciones sociales. Pantanos de odio que nacen de una sociedad encriptada, atomizada, vacía de integralidad. Que le cuesta ver más allá de sus extremidades. Que explota en pánico cuando la crisis se hace suya, es decir, cuando llega a casa. De resto, pudiese calificar como más significativo la tala de un árbol que la muerte de un joven por el fusil militar. Cárceles de carne y hueso, desesperanza que se envuelve entre el sombrío panorama, ese que resulta de darle la misma medicina vencida a la enfermedad mortal. Gritos espeluznantes por el fuego estomacal. Cuerpos paralizados en pesadillas que se tornan infinitas. En la virtualidad, se ha diluido el “nosotros” y sus formas. En el barrio, el hermano duerme para que el pequeño coma, en el último priva la solidaridad, en el primero se hace viral el asesinato moral.

¡Que hagan! ¡Que salgan! ¡Que bajen! Son mandatos que se escuchan en casa, se leen en la web, se frecuentan en las plazas y panaderías de ciudadanos hechos en el rentismo, de pronósticos aciagos; vividores del cuento, promotores del orgullo paralitico. Los pocos que oscurecen el camino de los muchos que si pudiesen hacer. Los pocos que logran sobreponer lo perverso de una carrera por la sobrevivencia. Sin entender que en 19 años se ha comunicado diariamente que no hay opción, que no hay más partidos, que lo que no está dentro del esquema oficial, es digno de persecución, y amenaza. Que la muerte es legal cuando se enfrenta a la derecha y un homicidio cuando se le provoca a un “revolucionario”. En la otra calle, la estética del país se dibuja con filas de humanos que viven aterrorizados en el bus, la calle y la casa. La política camina alejada de las emociones.

Estamos simulando la escena del hogar culpable. Aquella donde aparece victimizado un hombre llamado machismo, por las excusas de unos padres que acusan a su hija llena de moretones, por provocar al marido. La hija los culpa a ellos, la madre al padre, el padre a ellas, mientras el marido, deja los platos en la mesa y sale al bar a emborracharse en su gloria.

Al día siguiente, se apaga el TV y la radio, y salimos a la luz de la profundidad infernal, desgarrados por los improperios de cazadores de culpables. Embrazadas que ahora son víctimas de médicos, maestros, policías, ingenieros que las acusan por abrir las mismas piernas que ellos abren. Mientras que el presidente logra su cometido, y el Ministro de salud hace negocios con los miles de 700. 000 mil que no alcanzarán para los pañales de dos días. En el momento que eso ocurre, el señor gobierno piensa: muérdanse, mátense, que sus culpas los lleven al colapso, mientras resuelvo en el olvido los millones de dólares de Ramírez y el coco Sosa. Mientras resuelvo la comisión de la droga incautada.

Que no culpen a la cultura, de la realidad pintada por discursos de poderes atómicos, de palabras hechas miseria, polarización, armas, delincuentes y corrupción. Que no nos conviertan en enemigos. Que no destruyan lo que nos queda. No podemos esperar la turba a la puerta para poder reaccionar. La casa estará totalmente invadida para el momento de la ejecución. Esperar el “estallido” es invisibilizar las veinte protestas diarias que ocurren en nuestras calles. Si apagamos la luz habrán arrancado la última flor del jardín. No habrá sociedad, sino individuos vendados, que luchan por sobrevivir al hambre y el terror de Estado, linchando, saqueando, y robando. Insultándose, maltratándose, y escupiendo el veneno mortal.

Ante ello, es necesario reflexionar sobre la definición de “persona” y resolver el dilema entre las condiciones que privan; las responsabilidades que permiten; y las limitaciones innatas. Dicha reflexión, nos hará entender las causas de origen. Los argumentos por los cuales no debemos acusarnos unos con otros, sobre la base del concepto de cultura. Nos corresponde aprender a dimensionar las responsabilidades del desastre, para encontrarnos con el papel que cada actor, puede y debe cumplir. Para entender que la familia, el ciudadano, y la escuela no quedan exentas de unas tendencias que el Estado ha dibujado para el funcionamiento e interrelación de los actores sociales. En este caso para su destrucción. Cuando regula, cuando elimina los méritos escolares, cuando acaba con el salario del maestro, cuando asfixia el presupuesto universitario, cuando designa al magistrado corrupto, cuando contrata a mercenarios para reprimir la protesta lanza al barranco a quienes también son garantes del bienestar.

Con sus pequeñas manos, empujando las orejas hacia el fondo del cráneo, como quien quiere hundir las voces del mal en el orden de la razón, un niño susurra a modo de pregunta: ¿qué hacemos? ¿qué hacemos? ¿qué hacemos? Los partidos que esperan el desastre deberían bajar la cabeza y escuchar ese susurro, para evitar repetir la siguiente afirmación: ¡Hay que acompañar el estallido!, como lo hace el jefe del partido, el político de siempre, que se perdió en la búsqueda del poder. Que se hizo en el buró privatizado. Esperar el desastre es su opción, ya que su lógica de la política es tener para dar, su lema es: la gente protesta por el pernil, no podemos hacer política mientras no tengamos el pernil. Sin entender, que la gente tiene hambre, y no se puede hacer política sin construir la venta de la esperanza. Sin socializar argumentos que ubiquen la hegemonía comunicacional en su sitio y sus consecuencias, la militarización y sus violaciones la delincuencia y el hambre y sus causantes. Para buscar las múltiples salidas de la dictadura.