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Más allá de los números: ¿A dónde va la violencia en Venezuela?

Prensa OVV Mérida

Durante los últimos 17 años, según las cifras que han recopilado organizaciones como Provea y Observatorio Venezolano de Violencia (OVV), en el país se han acumulado, siendo conservadores con las estadísticas y acudiendo a los registros oficiales, más de 220 mil homicidios.

Doscientos veinte mil homicidios significa que anualmente, en el período 2000 a 2016, se registraron más de 13 mil asesinatos por año, 35 al día.

Esa fría cifra, sin embargo, esconde las características de las víctimas que dan cuenta del impacto de este fenómeno. Son 220 mil venezolanos asesinados, principalmente hombres, poco más de la mitad con edades entre 15 y 24 años, 75% de ellos pertenecientes a los estratos IV y V, los más pobres de la población.

Son 220 mil madres que lloran a sus hijos, hijos huérfanos y esposas viudas.

Venezuela se convierte así en una sociedad que se queda sin jóvenes, entre la migración y el homicidio.

Ese enorme número de muertes esconde algo más. Algo que nos afecta como individuos sociales, eso que no se conmensura en una cifra y se sepulta con el cuerpo de la víctima: el homicidio en Venezuela está teniendo un impacto fulminante en la manera como interactuamos y como reaccionamos los venezolanos. Y la actual coyuntura política y social que atraviesa el país, es una muestra de ello.

El fin de la tolerancia

¿Qué nos ha llevado a la situación de violencia que se vive en el país? ¿Fue acaso el discurso chavista, el imperio, la oposición, los yanquis? ¿Por qué llegamos a un estado de acción y reacción social, en la que la interacción individual conlleva a la exteriorización de la violencia por motivos fútiles, como la acusación de chavista para que te linchen; que tu vida vale menos por ser policía o tupamaro; por pensar diferente eres terrorista, traidor y vende patria; entre otras tantas cosas?

“Es difícil precisar una causa única y determinante, pero sí sabemos que es una forma expresiva de violencia. En los últimos años hemos incrementado nuestra tolerancia hacia la violencia y también la capacidad reactiva de emplearla como mecanismo de acción e interacción social con otros individuos y con las instituciones sociales”, precisó el profesor de la Universidad de Los Andes y coordinador del Observatorio Venezolano de Violencia, Mérida (OVV Mérida), Freddy Crespo.

Y en el escenario en el que la razón de las partes es la única existente para cada una, con desconocimiento de las causas, consecuencias y razones del otro, se abre paso a la intolerancia y a la negación en sí de otras razones que no sea la propia. En las sociedades democráticas, donde las instituciones funcionan como mecanismos de mediación entre los conflictos, hay un margen para el entendimiento. Ese margen se llama tolerancia.

En Venezuela, la tolerancia ha disminuido en la última década, primero poco a poco, luego drásticamente. “Y no es por la necesidad de revanchismo de un grupo político sobre el otro. Es consecuencia de la falla del control institucional para moralizar la conducta ideal o aceptable, solventar los conflictos entre individuos y socializarlos efectivamente en un estado de derecho social y democrático como apunta la Constitución”, resaltó Crespo.

Con más de diez años investigando sobre el tema de la institucionalidad, la legitimidad, la socialización en violencia y la moralidad, el profesor Crespo, doctor en Ciencias Sociales, apuntó que la disminución de la tolerancia conlleva a incrementar el desconocimiento y la negación del otro como individuo y de la misma institucionalidad. En esta situación, para cada individuo la concepción de su autocontrol y los límites auto impuestos se convierten en una forma de legitimidad institucional de su propia conducta, lo cual lleva a los excesos de unos y otros sobre la norma y de estos sobre otros ciudadanos.

“No solo se habla acá de individuos que matan, roban o lesionan. Se habla que crece la permeabilidad de las reglas ante la nueva institucionalidad moral individual, por lo cual infligir la norma, cualquiera que sea, es más fácil. Y el individuo justifica su acción en razón de múltiples sentidos para su propia concepción moral de la institucionalidad que ha construido. Si todo eso lo agregamos en el escenario de polarización actual, pues tenemos un espacio abierto de diferencias insalvables a través de la palabra y que terminan expresándose en el campo físico como conducta violenta, derivando en la lamentable cifra de muertos, heridos y daños materiales que han arrojado estos meses de protestas”.

Según el investigador, por esta razón es tan sencillo para un funcionario de seguridad disparar contra un manifestante. Igualmente, linchar a alguien porque es de una identificación política diferente. Ambos sujetos justifican sus acciones en su propia razón, acciones que además no están mal y se perciben como necesarias dentro de su concepción moral. Y esta concepción moral reconstruye los marcos de referencia individuales para su propia institucionalidad. Como consecuencia, los espacios se reducen y la percepción general es que el éxito social depende de la exclusión del otro y de la imposición de la razón propia como la común. No hay margen ni espacio para ceder.

El pronóstico

Según el Informe Anual sobre Violencia presentado por el OVV en 2016, el año pasado Venezuela cerró con poco más de 28 mil muertes violentas. Puede que el 2017 cierre con más o menos 30mil, de acuerdo a las proyecciones que derivan de los estudios que realiza el OVV Mérida. Sin embargo, la violencia no se expresa únicamente en cifras. Y hay una latente, que ha despertado y que está transformando al país. Esa violencia, que en sus estudios el doctor Crespo llamó cultura de la violencia, está circunscrita en la abierta y pasmosa situación de la negación de la institucionalidad en el país.

“Nos espera un futuro más violento. La pérdida de legitimidad a la que en estos momentos están sometidas las instituciones sociales es muy alta y eso va a repercutir en las nuevas generaciones que se están socializando en este ambiente y escenario de confrontación, caos y anarquía social. No solo hemos normalizado la violencia como mecanismo de reacción social para poder interactuar efectivamente; también nos hemos convertido en seres moralmente violentos. Y de no haber una respuesta institucional efectiva que reoriente el pacto social, solvente las diferencias y genere una vinculación social general y común entre todos los venezolanos y sus instituciones sociales, el pronóstico será muy negativo”, concluyó el coordinador de OVV Mérida.

“Queda pues de quienes tienen la responsabilidad de la construcción institucional para relegitimar la norma más allá de las diferencias. Y con los responsables no se habla únicamente de los dirigentes políticos nacionales, regionales o locales. Se alude a la responsabilidad que cada venezolano tiene desde su propia conducta para fundamentar la reconstrucción de la norma e impactar la socialización de las nuevas generaciones en aspectos institucionales positivos. No es cuestión de colores. Es cuestión de una y para una mejor Venezuela”.

“Desde el OVV Mérida, repetimos nuestro lema: no a la violencia”, concluyó Crespo.