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Mérida: tasa de suicidios en 2017 fue la más alta de los últimos 30 años

Prensa OVV Mérida

“Hija, espero que entiendas que todas las decisiones que tomé en mi vida, las tomé pensando en tu bienestar y en el de tus hermanos. Y esta vez no es la excepción. Te voy a amar siempre”, fue el mensaje de texto que José le escribió y envió a Sara, su hija de 18 años. Una hora después, a Sara le avisaron que encontraron a su papá muerto en la habitación que había alquilado en una residencia estudiantil en Mérida. Se había ahorcado. José tenía 51 años. Meses antes, junto a su ex esposa y madre de sus hijos, había vendido la casa de toda la vida, su carro, joyas, prendas, manteniéndose cada uno como podía con el salario de empleado público. Habían logrado reunir para que sus hijos se fueran de país. Sara sería la última en salir.

Al día siguiente, en otro lugar, Armando llegó a su casa luego de la jornada laboral. Como todos los días, se sentó en la mesa mientras su mamá terminaba de preparar la cena. La señora, diabética, tenía limitada la movilidad y sufría constantes dolores por la falta de insulina. No podía estar mucho tiempo parada, ni mucho tiempo sentada. Armando habló como siempre, la trató como siempre. Antes de irse a su habitación le dijo: “esto está muy jodido mamá”. Cuando entró a su habitación, le escribió a su novia, con quien había almorzado ese día. Como todos los días, ella y él compartían el almuerzo para ahorrar. Cada día se turnaban la cocina. Y cada día la dieta era peor. “Nos vemos mañana amor”, le escribió, “anoche dormí mal, hoy me voy a acostar temprano”. Ella le hizo varias preguntas. Él no respondió. Luego ella diría que no hubiera imaginado jamás que haría eso, pues ese día todo estaba como siempre. Sin embargo, más tarde cuando su mamá fue a llevarle una ropa a su habitación, lo encontró ahorcado con su correa en la ventana.

Armando tenía 19 años. Estudiaba ingeniería en la Universidad de Los Andes, pero tuvo que abandonar porque su mamá se incapacitó y el salario no alcanzaba. Como muchos, tuvo que buscar trabajo a tiempo completo para ayudar en su casa.

Como José y Armando, más de 150 personas se quitaron la vida en el 2017 en el estado Mérida, año en el que se registró la tasa de suicidios más alta de ese estado en los últimos 30 años.

Los antecedentes

Tradicionalmente Mérida ha sido un estado con altas tasas de suicidio a nivel nacional. De hecho, en un estudio sobre la delincuencia común en la entidad a finales del siglo pasado, los profesores de la Universidad de Los Andes Christopher Birkbeck, Mario Murúa y Juan Antonio Rodríguez, advertían que las altas tasas de suicidio que se reportaban en la entidad, eran de las principales preocupaciones político-criminales para las autoridades de aquel momento.

Las cifras de mortalidad lo confirman. Entre los años 1995 y 2000, siete de cada cien suicidios registrados en el país, ocurrieron en Mérida. En 1999, se registró la tasa más alta en la historia de la entidad, hasta ese momento: 118 suicidios, lo que se traduce en una tasa de 16,35 por cada cien mil habitantes, representando además, 9% de todos los suicidios registrados en el país ese año. Solo el estado Zulia tuvo ese año más suicidios en cifra bruta que Mérida, con 243, representando el 19% del total nacional, cifra que al transformarla en tasa, era muy inferior a la merideña.

Fuente: Anuarios de mortalidad, Ministerio de Salud, 1995 – 2016. Diarios Frontera y Pico Bolívar, 2017.

También, en este mismo lapso, mientras la tasa de suicidios a nivel nacional tuvo un promedio anual de 4,86 por cada cien mil habitantes, la merideña fue de 11,27, ubicándose como la primera y segunda más alta en este período de seis años. Entrte los años 2000 al 2003, la tasa se estabilizó entre 11 y 12 suicidios por cada cien mil habitantes, pero desde el 2003 tuvo una reducción progresiva que fue paralela en la entidad y a nivel nacional hasta el año 2016 cuando registró la más baja en las últimas dos décadas: 4,16 suicidios por cien mil habitantes.

En 2017, la tasa cerró en 19,09 por cada cien mil habitantes, lo que representó que la tasa del 2016 se quintuplicara. Usualmente, en la estadística y en el estudio de las series cronológicas cuando suelen haber cambios tan abruptos en el comportamiento constante de una serie, tales cambios son imputados a criterios de anormalidad, factores extraordinarios que afectan el registro o factores extraordinarios que afectan el comportamiento de la variable.

Para el equipo de investigación del Observatorio Venezolano de Violencia, Mérida (OVV Mérida) en este último aspecto puede estar la explicación, pues hasta el 2016 las fuentes empleadas para la construcción de la cronología fueron los anuarios de mortalidad del Ministerio de Salud, mientras que la serie del 2017 se construyó con base, principalmente, de reportes hemerográficos. Teniendo en cuenta que esta última fuente es más limitada que la primera – no todos los suicidios se reseñan en prensa – se podría concluir que, primero, la fuente de los anuarios de mortalidad no ha sido confiable en los últimos años; segundo, la cifra real puede ser más alta que la expuesta, por la razón previamente comentada que no todos los suicidios se reportan en prensa; y tercero, tomando en cuenta el dato aisladamente sin ningún criterio de comparabilidad individual, se habla de una cifra muy elevada, que de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, para los años 2014, sólo 20 países registraron una tasa superior.

Las explicaciones

El estudio Dark Contrasts: The Paradox of High Rates of Suicide in Happy Places llevado a cabo conjuntamente por investigadores de la Universidad de Warwick, en Reino Unido; el Hamilton College y la Universidad de San Francisco, de Estados Unidos, en el año 2011, constató que los países que se encontraban entre los diez considerados con el mayor nivel de felicidad, estaban varios que ocupaban también la lista de los países con mayores tasas de suicidio a nivel mundial.

Esta hipótesis ha sido común en los estudios sobre el suicidio: mayor nivel de desarrollo suele vincularse con mayores tasas de suicidio. Para los investigadores del estudio en referencia, la explicación fue, de manera general, que en los países con mayor felicidad, aquellos individuos al margen de la misma suelen sufrir episodios depresivos más profundos, lo que los impulsa al suicidio. Es decir, dicho en otras palabras, la felicidad de muchos tiene un efecto negativo en quienes no se integran, afectando sus emociones e incrementando su probabilidad de suicidio.

Para el profesor de la Universidad de Los Andes y coordinador del OVV Mérida, Freddy Crespo, “estás hipótesis no pueden ser tomadas como ciertas tan a la ligera, pues su validez y confiabilidad es una cuestión temporal y espacial que se circunscribe al tiempo. Además, al considerar a los países como unidades y su nivel de desarrollo, se descarta las subunidades del mismo y el nivel de desarrollo de éstas. Así, por ejemplo, bajo este esquema Venezuela es un país con bajas tasas de suicidio, pues la suma general de la incidencia del fenómeno diluye el efecto individual que Mérida como unidad podría tener, además de homologar las diferencias geográficas, sociales, económicas y culturales de cada subregión en un país, a un estándar general para la comparabilidad”.

Hipótesis merideñas

“El suicidio es un hecho social. Aunque implica una decisión individual que lleva a una acción individual, tal acción y decisión están circunscritos a un contexto social. De la misma manera como una persona decide tomar un arma de fuego e ir a asesinar a otro por quitarle un teléfono o porque le pagaron para hacerlo; otra persona decide quitarse la vida. Siendo ambas acciones decisiones individuales que están enmarcadas en el contexto social que pre determina las acciones individuales en sí; y es, al mismo tiempo, predeterminado por estas acciones”, apuntó Crespo.

Según el investigador de la ULA, las características de los suicidas merideños del 2017 implican que deben pensarse nuevas hipótesis para explicar esta conducta, pues las ideas tradicionales que derivaron como explicaciones para el “boom” de suicidios que se registró en Mérida durante 1995 y el 2000, no se ajustan a la morfología de esta acción en la actualidad.

“Para finales del siglo pasado, los suicidas merideños se concentraban en zonas rurales, principalmente, con una incidencia importante en el municipio Libertador, en el que los suicidas jóvenes ocupaban una proporción importante; mientras que al generalizar la cifra, la misma indicaba que esta acción se concentraba en personas con más de 45 años”.

“En 2017 observamos que el 69% de los suicidios se concentró en los municipios Libertador, Campo Elías y Alberto Adriani; mientras que un 10% se ubicó en Santos Marquina y Sucre. Es decir, 8 de cada diez suicidios en 2017 se registraron en el eje central y urbano de la entidad. Un 25% de los suicidas tenía entre 14 y 24 años y otro 25% tenía entre 44 y 57 años. Hablamos de una población muy joven y de adultos contemporáneos con mucha esperanza de vida. El 75% de los suicidas fueron hombres y alrededor del 60% ejecutó la acción con el método del ahorcamiento”.

El equipo de investigación del OVV Mérida adelanta un estudio en los círculos familiares y sociales de algunos de los suicidas en la entidad, pudiendo señalar como adelanto que ninguno de los casos observados a detalle manifestaron conductas depresivas previos a la acción.

El profesor Crespo señaló también lo siguiente: “Como hipótesis central podríamos decir que el contexto social que se vive actualmente en el país tiene una marcada influencia en la contextualización de la decisión individual para suicidarse. Si bien los países sin crisis económicas o sociales tienen tasas de suicidios elevadas, el criterio de como la crisis y su efecto en el contexto integra y desintegra al individuo a los canales institucionales de socialización, es un factor determinante de la acción. En el caso venezolano y merideño en particular, esta crisis está desintegrando tales canales institucionales y la vinculación de los individuos a los mismos, por lo que era de esperar que de la misma manera tal desintegración aumenta la probabilidad de lesionar a otros, también se incrementara la probabilidad de lesionarse a sí mismos, en un contexto donde la proyección del Yo a futuro está supeditada a la incertidumbre”.

“Por los momentos, importa advertir sobre este fenómeno, pues no tenemos certeza si es experimentado de manera aislada en Mérida o si está igualmente generalizado en el país. Para esto, es importante que el estado sincere la información sobre mortalidad a nivel nacional y de regiones”, fue el llamado del investigador.

*La información, datos y referencias personales expuesta al principio del texto, fue modificada para resguardar la identidad de las personas.