Portada / ES NOTICIA / Violencia con cara de niño: La tragedia de ser un menor en Venezuela

Violencia con cara de niño: La tragedia de ser un menor en Venezuela

Foto realizada por Felipe Romero para Caraota Digital. (Editado del original).

Caraota Digital

por Néstor Luis Llabanero

El doble homicidio en el bulevar Sabana Grande perpetrado por dos menores de edad contra militares del Ejército constituye un capítulo de hostilidad social nunca antes visto. Ocurrió en la madrugada del 19 de marzo. En un paseo peatonal rescatado, oficialmente, para la coexistencia ciudadana. El hallazgo posterior a este hecho resultó igual de dramático: Salió a la luz pública la existencia de una banda llamada “Los Cachorros”, compuesta por más de una veintena de niños y adolescentes que, dicen, ataca con cuchillos en la zona caraqueña.

“Es un caso dantesco”, deplora el educador y orientador Fernando Pereira, coordinador de Cecodap, organización de derechos humanos que previene la violencia y promueve el buen trato hacia la niñez y adolescencia.

La muerte a puñaladas de los jóvenes castrenses constituye la manifestación de otra adversidad nacional. Pereira, quien acude diariamente a su oficina ubicada en las inmediaciones del sector capitalino, lo plantea a su modo: “Vemos cómo esos muchachos han sido desatendidos sistemáticamente, no hay un programa que los apoye y hemos observado cómo han aumentado en número y en el nivel de violencia”.

El caso, analizado por Pereira como una muestra de degradación familiar, también incluye como responsable a un infante de seis años de edad. El grupo perpetrador, que vive en situación de calle, revelaría el nivel de fractura del hogar venezolano.

“La calle los curte y tienen que hacerse más duros para sobrevivir”, intenta Pereira asomarse a una situación que a él, con sus más de tres décadas de trabajo comunitario, lo tiene conmocionado.

Pero, ¿dónde está naciendo este venezolano del siglo 21?

El antivalor del más malo

La psicóloga Liliana Castiglione, quien basa su trabajo profesional en la gerencia de las emociones, precisa que la formación de los jóvenes se construye sobre la base de dos grandes elementos: El refuerzo de la conducta y el modelaje.

La tragedia de ser un menor en Venezuela
Foto ilustrativa obtenida del sitio web de Pixabay.

Explica que hasta los ocho años de edad, aproximadamente, las personas “son un papel en blanco”. Se encuentran en etapa de aprendizaje. Así que esos pequeños entran en un proceso constante de observación para replicar el comportamiento de las figuras importantes de su entorno inmediato y las del país.

“¿Con cuál modelo crecen hoy los niños?”, pregunta Castiglione. “A nivel del modelaje macro crecen con un gobierno que transmite mensajes de odio, que invita a apropiarse de lo que no es suyo, con unos líderes para quienes el poder no viene dado por la grandeza de los valores sino por quien sea el más malo de la partida”.

Para esta psicóloga existe un gran porcentaje de jóvenes entrando en el mundo de la violencia por frustración y por carencia. “Esas tristezas se cubren de rabia”.

Vincularse con gritos, golpes e intimidación

“La violencia en Venezuela se ha asumido como una forma de relacionarse y de hacer ´justicia´ cuando esta no funciona por los canales regulares”, puntualiza Oscar Misle, educador con larga experiencia igualmente frente a la organización Cecodap.

Para este analista del comportamiento social, rasgos como la intimidación y la amenaza representan, para no pocos venezolanos, una manera de ganar espacio. Y esto se debe, según opina, a la imposibilidad de contar con recursos que satisfagan sus necesidades básicas. “Con tantas frustraciones a cuestas, se forjan hogares que incorporan los golpes para educar”.

Misle dice que la violencia se expresa de distintas maneras. Mucho depende del estrato social.

Sostiene que en los hogares menos privilegiados, hacinados y llenos de carencias, se produce por la dificultad de sobrevivir. En cambio, en las familias con mayores recursos la violencia obedece a sueños, planes y anhelos interrumpidos. Otro componente que la genera, complementa Misle, es la angustia de los ciudadanos ante el clima de inseguridad que agobia al país.

“Pero, la hostilidad nace en cualquiera de los dos escenarios”, especifica el educador. “La violencia es violencia y peligrosa en todos los espacios y las heridas son mayores cuando el agresor está más cercano, porque te agrede quien tendría que amarte y cuidarte”.

A esto, Fernando Pereira recuerda que no se trata de un fenómeno asociado estructuralmente a la pobreza, sino al tema del poder sin límites y sin control por parte de la gente adulta. Los efectos pueden darse contra niños y adolescentes en cualquier contexto.

“Para un pequeño, el hogar sería un ámbito fatal si tiene unos padres que no se controlan, que tienen adicciones y están llenos de frustraciones”, describe Pereira. “Ese niño puede ser martirizado sin que intervengan testigos, porque muchos en Venezuela consideran que la crianza es un tema privado”.

Una generación joven y agresora

Según cálculos del Instituto Nacional de Estadísticas, Venezuela cuenta con 11 millones de jóvenes entre 0 y 19 años de edad. Esta cifra representa cerca de 37% de los 30 millones de habitantes del país.

“Es una generación que ha naturalizado la violencia y eso, de alguna manera, los vuelve insensibles al dolor, provocándoles la pérdida de empatía”, evalúa Fernando Pereira.

Las consecuencias no pueden ser menos alentadoras: “Me confronta de mi país la cantidad de 96 menores que mensualmente murieron en 2016 por la violencia”, comenta Oscar Misle: “Eso representa hasta tres salones de clases cada mes”.

El informe de Cecodap indica que la cifra total de muertes violentas de menores en Venezuela fue de 1152 al cierre de 2016, superior a la de un año antes, establecida en 1026.

La violencia tiene su cuna en los hogares

“Devuelve el golpe”, “No te dejes”, “No te quedes con esa”. Esas opciones –si es que puede definirse así el ofrecimiento que algunos padres hacen a sus hijos violentados– nunca representan una recomendación adecuada en la resolución de conflicto.

“No lo es si se pretende construir una sociedad libre de futuros agresores”, reflexiona Fernando Pereira.

Esta enseñanza –en esencia, pervertida– se torna más desmoralizante cuando en las casas los mayores amenazan a los menores si estos no logran “desquitarse” de sus victimarios.

“Esas alternativas llegan del entorno”, lamenta Pereira, un educador y orientador para quien esquemas mentales como los mencionados van destruyendo las posibilidades de acuerdos. Es decir, se va aniquilando la expectativa de fomentar un país pacífico.

Para la psicóloga Liliana Castiglione los menores victimarios son, a su vez, “víctimas de una sociedad donde la anomia (desorganización) nos ha caracterizado en los últimos años. Son jóvenes que han crecido con frustraciones y carencias”.

Foto ilustrativa obtenida del sitio web de Pixabay.

En respuesta a Castiglione, el representante de Cecodap sostiene que en un clima de crispación y de confrontación, los niños y adolescentes constituyen el grupo más vulnerable.

La razón es que, según su discernimiento, ellos son quienes están más expuestos, quienes tienen menos capacidad de respuesta ante los hechos y quienes reciben la violencia en todos los ámbitos de socialización, especialmente en los hogares, supuesto lugar de protección.

“Los hogares se han transformado en territorio de agresión y degradación para muchos niños y adolescentes”, protesta Oscar Misle. “Entonces, el más joven pierde referentes y apegos. Aprende que quien debería protegerlo lo agrede y, como consecuencia de ello, la violencia pasa a verla natural y la lleva a la escuela y a la calle”.

Qué deben entender los padres

La psicóloga Liliana Castiglione dice que, descartando causas orgánicas, la violencia nace en el seno de los hogares. “Hablamos de acumulación de frustraciones y si creces así creces con rabia”.

“El reto de los padres es inyectar valores a los jóvenes. Sabemos que la tarea no resulta sencilla, aunque sí necesaria”, insiste Castiglione: “En Venezuela hasta los padres están concentrados en satisfacer las necesidades básicas, y muchos, atentos a sobrevivir”.

Aún así, agrega Fernando Pereira, “los padres deben asimilar que no pueden quemarle las manos a sus hijos porque se comieron una arepa que no era de ellos, que no pueden romperle los dientes a sus hijos porque dijeron una mala palabra y que no pueden castigarlos porque se orinaron y, de paso, justificarse argumentando que los pañales están caros”.

No hay que olvidar, según Oscar Misle, que los niños son seres humanos. “No pueden ser tratados como si no sintieran. A veces los adultos pagamos las frustraciones con los más pequeños”.