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Violencia y descomposición moral del hombre en Venezuela

Imagen tomada del blog Angel Castells

Prensa OVV Mérida

Alber Camus escribió que “juzgar si la vida vale o no la pena vivirla, es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”. La respuesta a esa pregunta no encierra únicamente la decisión de vivir, o no, por parte del individuo. También refleja el impacto que el contexto social tiene en el individuo y que, al final de cuenta, tendrá una influencia determinante en que decida vivir o no vivir. Así, ante la pregunta: ¿por qué un individuo decide suicidarse? Ante la respuesta de la razón que determina esa decisión, vale preguntar también: ¿qué factores producen esa razón para que el individuo decida suicidarse?

Parece que todo se cierne a aspectos muy individuales. A decisiones muy internas de la persona que toma como opción acabar con su vida. Pero el individuo no es un ser aislado. Es, esencialmente, un ser social y, en consecuencia, un ser moral; y tal moral, entendida como los vínculos que se construyen en las relaciones interdividuales que implican el efecto y la dinámica de un individuo sobre esto y de la sociedad sobre éstos, es un factor importante que incide en esta decisión.

Emile Durkheim lo advirtió en su clásica obra El suicidio. Sostuvo que en sociedades sometidas a fuertes cuestionamientos de los vínculos morales, con base a los cuales los individuos interactuaban en sociedad, las tasas de suicidio serían altas. En otras palabras, en sociedades que sufren de anomia, este fenómeno sería frecuente. Pero también sostuvo que en sociedades donde la vinculación social y moral es muy alta, este fenómeno también se expresaría con altas tasas. Dicho de otro modo, según la sociología de Durkheim, hay más que una decisión individual en el suicidio, pues esta decisión está determinada socialmente.

De acuerdo al estudio efectuado por el criminólogo Héctor Guaimara, durante los años 90, el estado Mérida ocupaba el segundo lugar, detrás del estado Monagas, en tasa de suicidio en Venezuela. No para menos, según Guaimara, como política preventiva se tomó la decisión de construir altas rejas en el viaducto Campo Elías en el centro de la ciudad, pues este era el punto ideal escogido por los suicidas para ejecutar su acto. Esta tendencia se mantuvo hasta mediados de la primera década del siglo XXI, pero parece que ha vuelto a florecer en los últimos dos años, en especial, en los últimos cuatro meses.

No obstante, no es únicamente el suicidio el que está apareciendo como indicador de una situación social a la que vale la pena prestar especial atención. Los linchamientos también están teniendo un repunte importante durante los últimos meses en la entidad andina. Durante los últimos dos años, se han registrado con frecuencia intentos de linchamiento en el estado, los cuales además se han incrementado durante los últimos cuatro meses del presente año, coincidiendo, de manera escalofriante, con el aumento de los suicidios.

¿Qué está sucediendo? En ambos eventos existe una decisión de un individuo que no está vinculado a hábitos delictivos, sobre la elección de acabar con una vida. Ambos eventos implican una acción cargada de violencia y ambos eventos son una expresión de la tensión acumulada por los eventos y dinámica social a la que el individuo está sometido. Suicidio y linchamiento son dos hechos en la forma tan diferente, pero que en el fondo tienen coincidencias comunes, principalmente relacionados con la descomposición social que los genera.

Desde el Observatorio Venezolano de Violencia, Mérida, nos proponemos dar un avance de la investigación que se desarrolla sobre este fenómeno.

El antecedente: Hasta llegar a un estado descompuesto

En un estudio sobre la inseguridad y violencia en el estado Mérida, realizado a finales de los años 90, los profesores de la Universidad de Los Andes, Christopher Birkbeck, Mario Murúa y Juan Antonio Rodríguez, indicaban que en la entidad el desarrollo cronológico de las cifras delictivas se diferenciaba de manera marcada de la tendencia nacional, pues aunque si bien expresaba un incremento entre los años 80 y 90, el mismo no era tan abrupto como los incrementos registrados en las tasas delictivas a nivel nacional.

En general, Mérida tenía tasas delictivas muy bajas. Era el estado más seguro del país. Apuntan los investigadores mencionados, así como el estudio de Guaimara del 2004, que la principal preocupación en términos de política criminal para el estado en la década de los 90, eran las manifestaciones estudiantiles.

Sin embargo, el panorama cambió drásticamente en el primero lustro del nuevo milenio. Apunta la criminólogo y profesora de la Universidad Central de Venezuela, Neelié Pérez Santiago, que entre 1998 y el 2004 la tasa de homicidio en Mérida se incrementó en un 400%: pasó de 6 a 24 homicidios por cada cien mil habitantes.

Y entre 2004 y 2017 el panorama no ha variado. Para el 2016, la tasa de muertes violentas registrada para el estado Mérida por el Observatorio Venezolano de Violencia en su Informe Anual sobre la Situación de Violencia en Venezuela, fue de 57 por cada cien mil habitantes.

A pesar que esta tasa no puede calificarse como baja, ubicó a Mérida en el lugar 19 en cuanto al nivel de muertes violentas en el país. Sin embargo, hacia lo interno de la entidad, las cifras toman otro significado. De acuerdo a los estudios que lleva el profesor de la Universidad de Los Andes y coordinador del OVV Mérida, Freddy Crespo, cuando se observan las cifras oficiales en Mérida, los homicidios representan entre un 20% y 25% de los delitos que se registran. Si a esto se agregan los robos empleando arma de fuego y las detenciones por porte ilícito de arma de fuego, se acumula aproximadamente el 63% de los delitos totales que se registran oficialmente. Esta tendencia ha sido constante desde el 2008 hasta el 2016. En otras palabras, seis de cada diez delitos implican la posesión o ejecución del acto con arma de fuego, y un cuarto de esos delitos son homicidios.

Esta relación no se presenta de manera similar en otras entidades, incluso en las más violentas. Ahora, teniendo en cuenta que la cifra oficial está afectada por la cifra negra o la no denunciabilidad, la cual ha rozado niveles del 70% y 75% entre el 2011 y 2016, según los estudios del OVV Mérida, el homicidio representaría un 10% al 12% de los delitos que se registran en el estado. Una cifra alarmante.

2017: La explosión de la violencia

El año que cursa no ha estado excepto de los cambios abruptos en la violencia en el estado Mérida. Hasta julio se acumulaban 134 homicidios, superando por 20 homicidios el acumulado en el mismo lapso para 2016, según lo indicó el Crespo. Pero también el investigador señala, que la violencia que se está expresando a nivel conductual en la entidad, no se reduce solo a las cifras objetivas o la percepción subjetiva de la violencia e inseguridad; pues hay componentes sociales que están demostrando que la expansión de la violencia ya no es únicamente en magnitud cuantitativa o en extensión geográfica. También lo es como acción y elección individual.

En esta elección de ser violento, contra otros o contra sí mismo, se encuentra la proyección de la tensión social acumulada por el individuo en la dinámica general que en el país se está viviendo desde hace algunos años y en especial en el lapso abril – julio del presente año. En este lapso, el OVV Mérida ha registrado un promedio de dos suicidios semanales en la entidad; y al menos tres intentos de linchamientos semanales.

¿Hay alguna relación entre la situación político social del país y el incremento de los suicidios y linchamientos? Evidentemente la respuesta a esta pregunta conlleva la relación de un estudio a profundidad, aunque de manera preliminar y a modo de hipótesis, en el OVV Mérida sostienen que sí la hay, pues la situación política y social que se vive en el país ha conducido a un debilitamiento generalizado de la institucionalidad y su legitimidad, a una fracturación del pacto social entre los venezolanos y, en consecuencia, a la ruptura de los vínculos morales y sociales que unen y definen la dinámica de los individuos entre sí y entre estos y las instituciones en las que desconfían.

En esta situación, apunta Crespo en su estudio “Hacia una explicación de la violencia delictiva en Venezuela”, los individuos y las instituciones ven en la violencia una forma legítima de acción, la cual en ocasiones se concibe como una acción necesaria e indispensable en las relaciones sociales y el comportamiento institucional.

Ante el fracaso de la norma y el repunte de la anomia, la anarquía como respuesta social para regular la conducta, la misma violación a la norma y la descomposición en las relaciones sociales; el individuo confronta sus frustraciones desde su posición individual frente al mundo. Unos, por una parte, hacen, expresan y proyectan su frustración a través de la justicia por mano propia, ante objetivos predeterminados por prejuicios, sean culpables o no del delito que se le imputa, pero siempre recibiendo la pena a que hubiera lugar: la lesión o la muerte.

Otros, toman la decisión de quitarse la vida. En la proyección final de su frustración, respondiendo a la pregunta sublime que Camus señala. Prefiriendo morir antes de seguir viviendo en este país, ante estas mismas condiciones; la única salida es, entonces, la última salida. “Es preferible que me mate yo a que me mate otro”, escribió un suicida de 19 años en Mérida.

La conducta del individuo refleja la conmoción o tranquilidad social en la que se desenvuelve. Suicidio y linchamiento no son indicadores de nada bueno sobre el contexto social actual de Venezuela. Vale advertirlo, vale plantearlo e investigarlo en este momento. Queda pues de los responsables de las políticas antidelictivas y sociales en el país, tomar cartas en el asunto y revertir un problema que cada vez se asienta más en la cultura social del venezolano.