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Yo vi manifestar a los hijos de Carora

ElTestigo.com

Por Carlos Meléndez*
MAYO 2, 2017 ·

Yo los vi, caminaban en distintas direcciones buscando cualquier objeto que les fuese útil a su causa, con miedo, odio y esperanza, con la fe puesta en el triunfo del final del día; el día de su lucha. Sus rostros de valentía, temor y gallardía expresaban un sincretismo entendible sólo desde la interpretación humana de la política.

Jóvenes llenos de adrenalina, con los efectos de un sol avasallante y aferrados a sus piedras, reflejaban por medio de consignas la necesidad de una mejor forma de gobierno. No era Caracas, Valencia o Barquisimeto; eran los hijos de Carora, tierra larense de músicos y agricultores que se enfrentaban entre sí, cada quien por su verdad, su realidad, su orden, y su sueño.

En la medida que la tarde se extendía, cobraba fuerza el resentimiento y la indignación al ver como poco a poco sus pasos retrocedían a la criminal represión.

La visibilidad de la pequeña ciudad de aproximadamente 100.000 habitantes se hacía más amplia, mientras la dirección inversa de los manifestantes se acercaba a la derrota. Entre ellos, se acusaban por tomar “malas decisiones en batalla”, por estar cansados, por ceder. Nadie allí entendía otra forma de superar la crisis sino por medio de su esfuerzo físico, sino a través de su entrega hasta el final. Como ocurre en el país, ese día la esperanza llegaba y se iba, se ganaba y se perdía en cuestiones de segundos.

La diversidad se hizo presente. A los lados de cada joven caminaba la diferencia. Representantes de sectores medios, estudiantes de alguna universidad de la región cuyos padres hacen milagros para estirar su salario; trabajadores que resisten la incertidumbre del desempleo y el subempleo; buhoneros, bachaqueros, caleteros, taxistas, y emprendedores.

Militantes de partidos e independientes. Con las costillas dibujadas, sin desayuno y mucha sed: parte del 70% de los venezolanos que perdieron el año pasado alrededor de 7 kilogramos (ENCOVI, 2016).

Hijos de madres que arreglan uñas para comer, que venden plátanos para socorrer las penurias. A quienes diariamente la preocupación trastoca su estabilidad emocional al ver vulnerable a sus hijos frente a las tentaciones de la delincuencia, ya sea por las posibilidades de convertirse en víctimas o por ser los nuevos victimarios del barrio.

Jóvenes con los ojos enrojecidos por el gas, pantalones rotos, y en su pecho una rabia acumulada por el recuerdo de sus desgracias, por el estancamiento de sus aspiraciones, y el empobrecimiento de sus vidas.

—Profesor, yo todos los días me muero de hambre ¿qué lo haga hoy? sinceramente me da igual. Me respondió uno de ellos, mientras trataba de disuadirlo para que se retirasen en el momento más idóneo. A lo que prosiguió con tono desafiante —¿O es que está cagado? Y en realidad si lo estaba pero; por la vida de ellos, quienes eran acorralados por el trabajo en conjunto de la Guardia Nacional Bolivariana y los paramilitares urbanos de nuevo cuño.

A diferencia del 2014 los jóvenes que acompañan las protestas del 2017 no provienen solamente del movimiento estudiantil universitario, y de las clases medias. Vienen también de sectores populares, que además de exigir libertad, protestan por el hambre, la falta de ingreso, las colas, la salud y el resto de las privaciones que el país vive.

Ese 14 de Abril estaba presente parte del “82% de los hogares venezolanos que son pobres por ingresos” (ENCOVI, 2016). Su decepción mayor ha sido la de levantarse cada mañana siendo más pobres.

La idea del poder cívico-militar se encontraba en el otro lado de la acera, esa parte de la gente que el gobierno también engañó, donde anida la venganza del sueño no cumplido.

Militares de bajo rango, que han padecido las carencias y las privaciones de una patria económicamente destruida. Quienes paralelamente ven a su Mayor, su Capitán, su Coronel y sobre todo a su General enriquecidos, atragantados de opulencia, mientras ellos, siguen pobres y tristes, con madres que no comen y hermanos que no estudian. Obedeciendo órdenes que no pueden desobedecer, que encuentran fuerzas en el abuso de quienes los insultan, y los tratan como culpables; quienes también tienen rabia y miedo. Y a sus lados, circulando como en los coliseos de las cárceles, con piedras y chopos, aquellos hijos de Venezuela, que se hacen rápidamente padres de la delincuencia, la parte roja de las estadísticas que el gobierno niega. Los de 15 a 35 años que representan 7 de cada 10 homicidios que ocurren en el país (OVV,2016). Atentos a los treinta mil bolívares que el Diputado, el Concejal y el Alcalde pagarán luego de vencer en batalla, de “aniquilar” al sifrinito culpable de la guerra económica, al hijo de lorencito que es enemigo de la revolución.

Es decir, la articulación criminal GNB-Paramilitares que para este nuevo momento de la conflictividad política se profundiza. El gobierno paga la complacencia delictiva para aferrarse en el poder, y con ello, añade otra ficha a la complejidad del mundo delincuencial que para el 2016 ubicó a Venezuela como la nación con la la tasa de muertes violentas más alta del mundo: “91.8 por cada 100.000 habitantes” (OVV, 2016).

El gobierno le sigue dando autoridad al delincuente, y con ello aumenta la vulnerabilidad del ciudadano, que tiene más miedo, que sigue perdiendo libertad.

Yo vi a los hijos de Carora oler vinagre con ansiedad y desesperación. Devolver bombas lacrimógenas con furia y manos quemadas, con perdigones en el pecho y la espalda. Los oí gritar al padre que regañaba a su hijo herido, y lo exhortaba a regresarse a su casa con su madre y sus pequeños hermanos, mientras este se resistía.

—Déjelo quieto que él no se quiere ir.

—A mi me pegaron un tiro en el pecho ¡nojoda! para robarme la moto, y no dejaré que eso le pase a ninguno en esta vaina, por culpa de esos malandros.

—Aprenda a su hijo y venga a tirar piedra. Sellaba la discusión otro manifestante, que al ver la escena padre/hijo intervino con vehemencia, para que el padre dejara al muchacho luchar.

Las emociones, las motivaciones, la sensatez se desdibujaban en ese momento, y aquel cansancio desapareció de la atmósfera. Todos volvieron al frente con sus piedras, al momento que se cumplían las cuatro horas de resistencia, cuatro horas de aquella primera bomba lanzada por la represión antidemocrática que ha manchado las calles del país.

Los millennials caroreños expresaban la tendencia nacional; el repudio que tienen la población de 15 a 35 años -casi 30% de la totalidad- al militarismo, la corrupción, el hambre y el irrespeto a la diversidad.

Carora salió a la calle y conoció las consecuencias de un país gobernado por dictadores. Que viven y construyen sobre la base de una lógica temeraria, que no cede al diálogo, apenas lo invita para simular su “bondad”, acompañado de sarcasmo, improperios, insultos, y condiciones favorables a sus ganas, intereses, y manipulaciones. Que entiende el poder como aquello que resulta de la guerra, y por ende merece la protección habitual de la estrategia bélica, o por cualquier medio que justifique su conservación hegemónica. Quienes dividieron al país en dos, “los malos y los buenos”, “los escuálidos y el pueblo”, “los ricos esclavistas, y los pobres que me pertenecen”.

Esa división que si bien se ha redefinido en términos cuantitativos, según lo reflejan las encuestadoras más serias del país, tiene secuelas cualitativas que siguen en parte vigentes. Los dispositivos de la subjetividad política de los venezolanos han quedado impregnados del neo-lenguaje del chavismo, con significantes que las personas utilizan para evaluar la realidad. En la vida cotidiana, los opositores siguen siendo escuálidos, los chavistas ignorantes.

El cambio se sigue viendo con miras al golpe, a la caída o a la anhelada renuncia. Y por otra parte, la presencia del imperio es lo que más resalta de lo que ahora sucede.

-Déjeme que quiero seguir, me afirmo Ender Martínez, mientras con una mano tapaba su rostro y la otra sostenía sus piedras. Inocente del destino de su ojo derecho, inocente del destino de su mirada. Hasta que al bajar de la moto donde lo traían herido, mientras pisaba el asfalto entendió la gravedad del asunto. Su cabeza le presentó el dolor del perdigón que se alojaba a milímetros de su cerebro, y ya era la gran pérdida de ese día, junto a los más de veinte heridos, y los diez detenidos, de los cuales nueve aprehendieron fuera de las manifestaciones, simplemente como justificación de su represión y amedrentamiento.

Estos son los chamos y chamas que se enfrentaron el 14 de Abril en Carora. Ellas buscando piedras en los rincones y alentando a seguir la marcha, ellos en dos filas haciendo eco de la organicidad de la política de guerra. La que se aleja de la globalización, la que destruye los afluentes de agua en el Municipio, por el negocio de una contratista china, la que militariza la vida pública y privada de los venezolanos. La que nos llena de hambre y desgracia, de desesperanza y ganas de irse a Maiquetía. La que hace enfrentar a venezolanos, a aquellos que deberían estudiar y trabajar con las mayores capacidades posibles. Que justifica el crimen para defender causas políticas, que alimenta las emociones negativas y olvida la importancia de generar espacios para la compasión, la solidaridad y el respeto.

Las expectativas deben seguir sembradas en las exigencias de nuestros derechos, los objetivos están claros queremos elecciones, reconocimiento de la Asamblea Nacional, la apertura del canal humanitario, la destitución de los magistrados impuestos y la liberación de los presos políticos. El cambio institucional es el norte para modelar el nuevo proyecto de país que necesitaremos. La protesta tiene que ser pacífica, creativa y constante, nadie más tiene que morir, todo lo contrario, el objetivo es seguir soñando con la nueva era del encuentro y la integridad. La democracia ciudadana (que es bienestar y respeto a la norma) debe construirse para darle sostenibilidad a la paz que merece cada habitante de este hermoso país. Los caídos, detenidos y víctimas de la violencia política de los últimos 15 años deben ser honrados con nuestro espíritu y nuestra pasión.

¡Viva Carora! ¡Viva Venezuela!

*Carlos Meléndez es Sociólogo, profesor universitario en la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado (UCLA) y coordinador del Observatorio Venezolano de Violencia, capítulo Lara.