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Caracas: más seguridad para más libertad

Director del Observatorio Venezolano de Violencia, Roberto Briceño León / Archivo
Director del Observatorio Venezolano de Violencia, Roberto Briceño León / Archivo

EL NACIONAL – Viernes 29 de Julio de 2016 / Análisis

ROBERTO BRICEÑO-LEÓN

Entre la década de los cincuenta y setenta del siglo pasado, Caracas era el modelo de progreso, la envidia de otras capitales, tanto por su modernidad, como por la seguridad de sus calles.

Tanto se le admiraba que una publicidad de la época la apodó como la sucursal del cielo.

Los migrantes, provenientes del interior o de otros países, llegaban buscando seguridad, protección de sus derechos y bienestar. Habían huido de la pobreza, las guerrillas o las dictaduras militares. Y en Caracas encontraban la esperanza de un futuro mejor.

La ciudad creció rápidamente. Su expansión la construyó la iniciativa privada. En unas zonas, la clase media promovió urbanizaciones que se apoyaron en la industria de la construcción. En otras, los sectores de bajos ingresos urbanizaron las montañas y quebradas, los intersticios de la propiedad, y erigieron allí con sus ahorros y sus albañiles esa otra ciudad informal. Existían problemas, pero no había miedo de caminar por la ciudad. Era una de las urbes con menor criminalidad de América Latina.

El crecimiento se redujo y la inseguridad aumentó. En los informes de las Naciones Unidas sobre homicidios en las ciudades más pobladas de cada país, Caracas aparece como la más violenta. Y entre todas las capitales del mundo, es la que tiene más asesinatos.

En Caracas hay miedo. Hay temor en las casas, en las calles, en el vecindario pobre o rico.

Hay angustia en el transporte público, los choferes se encomiendan a Dios al salir a trabajar; los pasajeros miran con recelo a cada persona que entra al bus o se sienta al lado en el vagón del Metro. Caracas se volvió una sospecha permanente, se tornó arisca, intimidante.

La consecuencia del miedo al crimen ha sido la pérdida de la ciudad. La respuesta ciudadana ha sido el retraimiento de los espacios públicos, de esa fiesta infinita del encuentro con el otro diferente que es la ciudad. Los caraqueños han sacrificado su derecho de trabajar, estudiar y divertirse. El horario y el espacio para vivir lo determina la inseguridad: se ha perdido la libertad.

Pero Caracas no se somete.

Hay expresiones urbanas de indignación, la voluntad creciente de rescatar la ciudad y hacerla vivible, amigable, caminable.

Para que esto ocurra es necesario rescatar el pacto social que significa la ciudad.

Implica una vida social regida por normas y no por la fuerza; unas autoridades que ofrezcan protección a las personas y no solo a las personalidades; una ciudad donde se haga cumplir la ley y se sancione a los infractores.

La ciudad puede ofrecer prosperidad y alegría a sus habitantes. Pero esas metas requieren seguridad, reducir la violencia y retornar la confianza.

Recuperar la seguridad de Caracas es devolverles a los Caraqueños la libertad.