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¿Somos los venezolanos violentos? No. ¿Y entonces?

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DIRECTOR DE LA REVISTA SIC, SACERDOTE JESUITA, MIEMBRO DEL CENTRO GUMILLA

por ALFREDO INFANTE
Muchos se hacen esta pregunta porque Venezuela es hoy uno de los países más violentos del planeta. No solo por la sensación de violencia con la que vivimos, sino porque esa percepción coincide con la realidad.

En Julio de 2015, con data hasta 2014 del Observatorio Venezolano de la Violencia (OVV), afirmábamos en el editorial de la revista SIC que “La sumatoria de las nefastas cifras de los últimos seis años nos coloca ante un escenario fratricida de aproximadamente 137 mil 088 asesinatos.

Estaríamos hablando de alrededor de 685 mil 440 personas afectadas por las muertes violentas, sin contar otros parientes y amigos.

Esto implica 137 mil 088 familias heridas por la pérdida injusta de un ser querido, en su mayoría jóvenes masculinos. Si calculamos un núcleo familiar de cinco personas, estaríamos hablando de alrededor de 685 mil 440 personas afectadas por las muertes violentas, sin contar otros parientes y amigos.

Son tantos los afectados directa e indirectamente por esta calamidad, que los indicadores superan en números la población de ciudades como San Cristóbal, Mérida y Acarigua. Estos números no incluyen a aquellos que por un evento violento han quedado impedidos y se les ha trastocado totalmente su proyecto de vida”. En 2015 y 2016 estos indicadores han aumentado.

Entonces, ¿cómo explicar la paradoja de ser sujetos no violentos que han construido y conviven en uno de los países más violentos del mundo? Hasta finales de los 80, antes del Caracazo, la tasa de muertes violenta era la de un país normal, más bien pacífico.

Hemos entrado en un ciclo de impunidad que ha dejado en la orfandad a la mayoría de la población

¿Entonces qué nos ha pasado? Una variable importante a considerar según el OVV es que a partir de sucesos que han implicado la erosión o incluso la ruptura del acuerdo social, es decir, de la institucionalidad social, hemos entrado en un ciclo de impunidad que ha dejado en la orfandad a la mayoría de la población. Está dinámica se ha agudizado durante los últimos años.

Podríamos concluir que Venezuela es violenta porque al no haber institucionalidad, las mayorías pacíficas quedan a merced de las minorías violentas. Esto es claro en la calle, en el autobús, en el barrio, en cualquier espacio de la ciudad.

Recuperar la institucionalidad es fundamental para revertir los dramáticos indicadores de violencia y encauzar a nuestro país hacia la convivencia pacífica. Países con una tradición más violenta que la nuestra se han rehabilitado. El venezolano común, pacífico y trabajador, vive en la orfandad y bajo el yugo de las minorías violentas, por la impunidad y la ausencia del imperio de la ley.

Foto: Atalayar